Una bomba atómica de fisión es un artefacto explosivo basado en la fisión (ruptura) de núcleos de uranio o plutonio. Se basa en el principio de la reacción en cadena: al romperse un núcleo radiactivo, libera neutrones que van a impactar en los núcleos vecinos y provocan que estos también se rompan, liberando a su vez más neutrones y así sucesivamente, en una reacción que se multiplica y libera una cantidad de energía enorme en muy poco tiempo.

La masa crítica
Esta reacción en cadena solo se dispara si hay una cantidad mínima de combustible nuclear reunida en un mismo punto, llamada masa crítica. Por eso, dentro de la bomba, el combustible se mantiene dividido en varias partes mientras el artefacto está en reposo. Al activarse, todas esas partes se juntan de golpe, se supera la masa crítica y se produce la explosión.
El Proyecto Manhattan
Alemania inició su propia investigación sobre la bomba atómica en 1938, justo tras el descubrimiento de la fisión nuclear, pero la guerra terminó antes de que pudiera desarrollarla. El proyecto estadounidense, conocido como Proyecto Manhattan, arrancó en 1942 bajo la dirección científica del físico J. Robert Oppenheimer. La investigación se repartió entre varias ciudades-laboratorio secretas, con más de 100.000 personas implicadas en total.
De la prueba de Alamogordo a Hiroshima y Nagasaki
El 16 de julio de 1945 se hizo detonar la primera bomba atómica de la historia, en una prueba realizada en el desierto de Alamogordo, Nuevo México. Apenas tres semanas después, el 6 de agosto, se lanzó sobre Hiroshima una bomba de uranio 235 bautizada Little Boy. Tres días más tarde, el 9 de agosto, se lanzó sobre Nagasaki un segundo artefacto, de plutonio, llamado Fat Man. En ambos casos, la temperatura en el punto de la explosión alcanzó varios miles de grados, y se calcula que, entre las muertes inmediatas y las causadas después por la radiación, fallecieron entre 150.000 y 250.000 personas.