Al Polo Ártico de Melchor de Palau

ODA

¡Dó estás! ¡Por qué te ocultas con pertinacia tanta, y en sudarios de hielo te sepultas, que dique ponen a la humana planta! ¡Acaso, al descubierto, en ti se apoya el sabio mecanismo, labrado por la mano de Dios mismo, al que imprimió perpetuo movimiento un leve soplo de su puro aliento! ¡Eres, por suerte, diamantina joya con que remata el eje de la tierra, y temes que, en su ardiente afán de robo, sobre ti caiga el hombre, como lobo que a la presa se aferra!

¡Surge en tu faz algún volcán de nieve, que, arrojando glacial lava copiosa, al nauta que a tus ámbitos se atreve cubre con fría losa! ¡Recelas por ventura que la Industria, incitada por la Ciencia, aproveche tan rara coyuntura de mostrar su titánica potencia, forjando recio cable que a ti sujete la movible esfera, y, en el hondo misterio de la noche sombría, sepulto un hemisferio, la clara luz de prolongado día brille en el otro con potente imperio! ¡O que, aplicando fuerza incontrastable al eje de la tierra, la remueva en su asiento, de su faz despidiendo cuanto encierra; cuanto por sus arrugas peregrina, cuanto, al impulso del solar aliento, vigoroso germina; cual con forzuda mano el labriego sacude, para que suelte el nutritivo grano, el duro tronco de la añosa encina!

No, no temas; el hombre, que encontrarte desea, sólo dama por escribir su nombre en un muro del templo de la Fama. Permítele llegar; deja que vea las irisadas tintas caprichosas, y las fiestas hermosas que celebra en tu honor la luz febea; déjale ver los témpanos flotantes, puntiagudos gigantes que, ansiosos de llegar en tiempo breve, resbalan azorados por la nieve; columnas que en su seno el mar abisma, que tienen de la roca la dureza, de la nube fugaz la ligereza, a refracción del prisma; déjale ver dó anidan esas aves, que, blancas, inocentes y ligeras, salen siempre al encuentro de las naves, creyéndolas aladas compañeras; que vea cómo enérgicas su broche rompen, tras meses de enlutada noche, esas flores enanas, que tienen por hermanas las que sufren también glacial oreo en las cumbres del Alpe y Pirineo; tus auroras boreales celebradas, donde bullen reunidas las luces divididas de nuestras cotidianas alboradas; el falso luminar que en noche oscura disipa de las sombras el beleño, y aparece radiante de hermosura, como imagen fantástica de un sueño; tus eléctricas lluvias que descienden pausadas a la tierra que las llama, que el aire vago con su lumbre encienden, mas sin que cuaje su terrible flama en rayo centellante que, ciego y deslumbrante, en nosotros la muerte desparrama.

Déjale ver la misteriosa cita que el brillo tenue de la clara aurora da a la luz del ocaso moribundo, a la que ambos acuden a deshora, con belleza infinita y en que se besan con amor profundo; tu noche que se alarga y que se acorta, cual sombra gigantea que al fulgor de la tea contempla un niño con mirada absorta; esos diversos soles que, cual reyes en guerra, con corona y con manto de arreboles, pretenden todos alumbrar la tierra; enséñale si es cierto que hay un lazo de unión entre tus mares; o dile que no existe claramente, que él, con brazo potente, ahondando en los témpanos polares, un canal abrirá, como el que ha abierto en las rojas arenas del desierto.

Dile dó están las útiles ballenas que, en pos de las ritinas y narvales, abandonaron de Spitzberg las rocas, huyendo los arpones criminales; dónde las pardas focas que, por sus voces de ternura llenas, tomara el argonauta por sirenas, y hoy en tus playas a solaz se tienden, do incautas las sorprenden cual sátiros, los rudos esquimales.

Dile dó arranca la encubierta vía buscada en vano por el frágil leño que a tus sólidas aguas se confía; y si el mar libre que con tanto empeño jura Belcher que descubrió asimismo, fue de su mente fugitivo ensueño o engañosa visión del espejismo.

Cesa ya de oponer a su bravura, como piedras de celta monumento, cual trozos de vetustas catedrales, heridores carámbanos glaciales, que, navegando al ímpetu del viento, le dan, al par que muerte, sepultura: ríndete al ver los ínclitos varones, los sabios y esforzados campeones que han sucumbido al pie de tu muralla, cual fuertes escuadrones que, en desigual batalla, salvar intentan gigantesca valla.

«No hay más allá», decían las antiguas columnas, que existían en el estrecho hercúleo; «no hay más allá», falaces repetían, señalando el inmenso mar cerúleo. Colón, con sólo el aire de las velas de sus raudas famosas carabelas, derribó las columnas seculares, y, con pasmo profundo, hizo brotar un mundo de la rizosa espalda de los mares.

¡Quién sabe si, en un día no lejano, las del polo mortíferas barreras caerán del hombre a la industriosa mano, que ha dado realidad a las quimeras! ¡Quién sabe si, con rumbo ya seguro, salvará en globo el invencible muro! ¡Quién sabe si, por premio a tanto arrojo, y en pos de tanto sufrimiento y luto, el mar de hielo cruzará a pie enjuto, como el pueblo de Dios cruzó el mar Rojo; y, teniendo cual él segura egida, seguirá con sosiego de aurora boreal el vivo fuego, que le lleve a la tierra prometida.

Y tú, mortal dichoso, que del Polo has de ser Colón glorioso, si alientas ya, si escuchas el murmurio lejano de la Fama que anhelosa hacia ti las alas bate, si el corazón te late, como infalible augurio, al fuego sacro de la heroica llama, ven, y quedo al oído pronúnciame tu nombre, hoy oscuro, mañana esclarecido, que mi pobre poesía al propalarlo asombre, ufana con el don de profecía: mi mente arrebatada te imagina ya al fin de la jornada, cuando tu pie de atleta, tras lucha denodada, huelle triunfante la escondida meta.

De tu alta gloria al esplendente rayo, fundiranse de hielo las montañas, cayendo con desmayo de la mar en las líquidas entrañas. Inmóvil tú en el eje, en torno tuyo girará la tierra, cual el coro de ninfas danza teje en torno al Dios que terminó la guerra; sin fuerza ya para causar estrago, flotarán por la undosa superficie nevados copos con gentil molicie, cual blancos cisnes en tranquilo lago.

Colosales ballenas asomarán en grupos seductores, y al aire lanzarán, de asombro llenas, copiosos y variados surtidores. Contemplarán los ojos, a tus pies, en glaciales ataúdes labrados en gigánticos aludes, de Franklin y otros nautas los despojos; descarnado -y escueto, alzarase de Hall el esqueleto, y de su mano pasará a tu mano la gloriosa bandera[15], que, según vera crónica nos dice, en nombre de su patria recibiera, cuando lanzose al férvido Oceano bandera que en cien mares desplegada, y por brisas australes agitada, sirviole de sudario al hallar ¡infelice! en un monte de nieve su calvario.

Por corrientes marinas removidos, caerán con roncos retumbantes sones, imitando el tronar de los cañones, los témpanos erguidos.

Del cielo las erráticas estrellas se entregarán a misteriosa danza, la blanca nieve guardará tus huellas, y del sepulto sol las luces bellas asomarán, por verte, en lontananza. Bandadas de palomas mensajeras, por caminos radiales, el ancho espacio cruzarán ligeras, para llevar las nuevas lisonjeras a sus tierras natales.

En homenaje las abiertas flores, y las plantas balsámicas de suyo, perfumarán el virginal ambiente, y lanzarán vivísimos fulgores la Aurora Boreal en torno tuyo y la Estrella Polar sobre tu frente.

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