JEREZANAS de Ramón López Velarde
A María Enriqueta
Jerezanas, paisanas, institutrices de mi corazón, buenas mujeres y buenas cristianas…
Os retrató la señora que dijo: «Cuando busque mi hijo a su media naranja, lo mandaré vendado hasta Jerez». Porque jugando a la gallina ciega con vosotras, el jugador atrapa una alma linda y una púdica tez.
Jerezanas, os debo mis virtudes católicas y humanas, porque en el otro siglo, en vuestro hogar, en los ceremoniosos estrados me eduqué, velándome de amor, como las frentes se velaban debajo del tupé.
Acababan de irse la polisión y la crinolina, pero alcancé las caudalosas colas que alargan el imán del ave femenina de las cinturas hasta las consolas.
Así se reveló, por las colas profusas, mi cordial abundancia, y también por los moños enormes que en mi infancia trocaban a las plantas bizantinas en rodel de palomas capuchinas.
Jerezanas, genio y figura del tiempo en que los ávidos pimpollos teníamos, de pie, la misma clementísima estatura que tenía, sentada, nuestra Fe.
Jerezanas, traslúcidas y beatas dentaduras en que se filtra el sol, creando en cada boca las atmósferas claroscuras en que el Cielo y la Tierra se dan cita y en que es visitada Bernardita.
Jerezanas, de quien aprendí a ser generoso, mirando que la mano anacoreta era la propia que en la feria anual aplaudía en el coso y apostaba columnas de metal en el escándalo de la ruleta.
Jerezanas, grito y mueca de azoro a las tres de la tarde, por el humor del toro que en la sala se cuela babeando, y está como un inofensivo calavera ante la señorita tumbada en el sofá.
Jerezanas, panes benditos, por vosotras, el Miércoles de Ceniza, simula el pueblo una gran frente llena de Jesusitos.
Jerezanas, abísmase mi ser en las aguas de la misericordia al evocar la máquina de coser que al impulso de vuestra zapatilla, sobre mi vocación y vuestros linos enhebraba una bastilla. Dios quiera que esté salvada la máquina de acústicos galopes, por la cual fue mi ayer melódica jornada y un sobresalto mi vida ante los pulcros dedos hacendosos resbalando a la aguja empedernida.
Jerezanas, he visto el menoscabo de los bucles que alabo, de los undosos bucles que enjugaron sin mofa mis pucheros, de los bucles rielantes, cabrilleo lunar, blanco de la llovizna y trono de los lápices caseros; he visto revolar la última brizna de vuestras gracias proverbiales; he visto deformada vuestra hermosura por todas las dolencias y por todos los males; he visto el manicomio en que murmura vuestra cabeza rota sus delirios; he visto que os ganáis el pan con las agujas a la luz del quinqué; he sido el centinela de vuestros cuatro cirios; pero ninguna chanza del presente logra desprestigiaros, porque sois el tupé, los moños capuchinos y la gruta de Lourdes de la boca indulgente.
*
Jerezanas, colibríes de tápalo y quitasol, que vagabundas en la gloria matutina paraban junto a mis rejas, por espiar la joyante canción de mi madrina rememorando a Serafín Bemol: «Si soy la causa de lo que escucho, amigo mío, lo siento mucho…»
Jerezanas, a cuyos rostros que nimbaba el denso vapor estimulante de la sopa, el comensal airado y desairado disparaba el suspiro a quemarropa.
Jerezanas, que al cumplir con la ley de la anual comunión, miráis a la primera golondrina de marzo en la Casa del Rey de los Reyes; la párvula golondrina que entró a enseñarnos su pecho de mamey.
Jerezanas, cuyo heroico destino desemboca en la iglesia y lucha con el vino, vistiendo santos o desvistiendo ebrios, con la misma caridad de los cantos que os hinchan las arterias en el cuello.
Jerezanas, briosas cual el galope que me llenó de espantos al veros devorar la llanura y el río sobre el raudo señorío del albardón de las abuelas; erguidas como la araucaria, y débiles como el futuro de un huevecillo de canaria.
Jerezanas, cuando el sol vespertino amorate vuestros vidrios, y os heléis en el diario silencio del inútil combate, tomad las flechas de mi vida como hilas del pañuelo de un hermano para curar vuestra herida según la vieja usanza, y para abrigar el nido del pájaro consentido.
Jerezanas, yo aspiro a ser el casto reyezuelo de los días en que os sentí probadas por el Cielo
Marchitas, locas o muertas, sois las ondas del manantial que ondula arriba de lo temporal, y en el eterno friso de mi alma cada paisana mía se eslabona como la letra de la Virgen: encima de una nube y con una corona.
Añade tus comentarios sobre JEREZANAS de Ramón López Velarde y consulta los comentarios de otros lectores interesados en este poema.
En los comentarios inferiores puedes consultar (o añadir si no están) el resumen, análisis y estructura de “JEREZANAS”, figuras literarias que se utilizan en “JEREZANAS”, tema, métrica y rima utilizada, comentarios estilísticos, contextualización de la poesía, interpretaciones, valoraciones personales sobre JEREZANAS de Ramón López Velarde y todo lo que desees aportar.