La poesía y la ciencia de Melchor de Palau
Muda la lira en la indolente mano; desceñida la túnica; en el aire la flotante abundosa cabellera, que ya no logra sujetar el mustio laurel de Dafne, sube la Poesía a paso lento el Léucade riscoso; buscando va la muerte que halló un tiempo de Mitylene la poetisa augusta: breve instante reposa; atrás contempla y ve razas y pueblos sucederse; por doquiera se mira reflejada, siempre su luz iluminando el cuadro; jovial sonrisa en las alegres fiestas, lágrima dulce en las luctuosas horas; mira lo porvenir, lo ve sombrío, y prosigue el sendero; al ardua cumbre llega por fin; las aguas acaricia con su mirada virginal, y lanza a los vientos su canto postrimero:
«Sacerdotisa de la cipria Diosa: eolia Musa, de celeste numen; cantora de Eros; en amor maestra; mísera Safo.
Faón un día desoyó tus versos; esquívó el beso tu labio ardiente, y tú orgullosa demandaste al onda tumba y olvido.
También hoy vengo a que la diva Tetis cabe tu cuerpo reposar me deje; también el mundo mi canción desoye, huye mi halago.
Las sacras aras, donde yo oficiaba, por tierra yacen en pedazos rotas; ya de Himeneo a celebrar las fiestas nadie me invita.
Ya se ha secado la Castalia fuente; de abierta concha ya no surge Venus: ávido el hombre sólo en ellas busca nítidas perlas.
Ya no arrebata Prometeo al cielo la luz y el fuego que doquiera brotan; y, en vez de ondinas, codiciosos buzos surcan las aguas.
Bella nereida en regolfado río, que el cauce deja para dar impulso a la rodante maquinaria activa, ya nunca mora.
Cupido alado, sin vendar los ojos, con oro trata de llenar su aljaba, para rendir el corazón humano única flecha.
Los altos bosques la segur abate, para abrir campo a la ferrada vía; ya del Dios Pan reemplaza al caramillo, silbo estridente.
Nuevo Pegaso por los aires vuela, y gañán torpe de pelambre hirsuta abandonada del pastor de Arcadia vive en la choza.
Cayó el castillo que albergara al bardo, el son perdióse de la blanda guzla; para escucharle, al ajimez morisco nadie se asoma.
Dejó el querub la sideral vivienda, que el anteojo escrutador invade, y hacia Otros cielos dirigió las alas, lejos, muy lejos.
La gran corriente, que convierte en ruina lo que delicia de las gentes era, mantos no arrastra de fecundo limo, do broten flores.
Nada vislumbro que a cantar me incite en este siglo para mí en tinieblas; cuando la noche su negrura extiende callan las aves.
La indiferencia me atosiga el alma,
todos me infligen dolorosa muerte,
la más tirana que pudieran darme:
la del desprecio.
Por eso anhelo que las aguas sean blando Leteo a mi mortal angustia; cual tú sentida, si cual tú celosa, a ellas acudo.
Mas ¡cuán distintos los adversos hados! en torno tuyo, en armonioso coro, las condolidas por tu suerte infausta, hijas de Lesbos.
En torno mío soledad penosa, y allá a lo lejos zumbador murmullo que, en su fatiga, forma inquieto el siglo que me rechaza.
Y tú, Anfitrite, que en la mar dominas, acoge pía mi anhelante queja: a mi contacto las voraces ondas abre, te ruego.
No quiero, no, que con sarcasmo el mundo prorrumpa al ver me abandonada y triste: «esa que veis de túnica harapienta fue la Poesía.»
Un suspiro lanzaron de consuno ella y la lira; al agua abalanzóse, cuandoDetente y mi palabra escucha con voz entre imperiosa y suplicante, gentil matrona de gallardo aspecto dijo, tendiendo los desnudos brazos. Diosa o mortal, ¿quién eres que retardas el cumplimiento de marcado sino? Tu compañera soy, yo soy la Ciencia. ¡Minerva tú! ¿Dó el casco refulgente? ¿Dó la heridora lanza y el escudo? No soy la diosa que brotó con armas de la frente de Júpiter Tonante; yo nací del cerebro de los sabios, en nocturnas vigilias engendrada; si al mar quieres bajar, baja conmigo, mas no rompiendo las cerúleas ondas, sino en ictíneo previsor, que encierra vital aliento en reducido espacio, y una vez agotado lo fabrica; allí las penatulas luminosas; las estrellas de mar en copia inmensa; el pez-luna asomando en lontananza; la nublosa fosfórea superficie y del torpedo los mortales rayos, te mostrarán que en las verdosas aguas, do los astros nocturnos se reflejan, existe un duplicado firmamento, objeto digno a tu sonante lira. Contemplarás los peces plateados en los ramajes del coral posarse; las conchas que a la mar las sales roban para nidal de las variadas perlas; las medusas viajando en las corrientes; las sinuosas oceánicas honduras corresponderse en armonioso ritmo con las cadenas de los altos montes, que con nubes completan su tocado, el argonauta audaz que enseñó al hombre el arte de nadar; la hidra asombrosa que la de Lerma por modelo tuvo; las islas madrepóricas formarse; y escucharás los peces cantadores que tomaste por lúbricas sirenas. Pasto hallará tu inspiración sublime doquier que vuelvas los ansiosos ojos; Colón descubrió un mundo al otro lado, otro resta en el fondo de las aguas. Dejando el regio alcázar de Neptuno, del orbe seguir puedes la raigambre y el Nilo allí explorar de la existencia, hasta su ignoto origen remontando. Merced al telescopio, el alto cielo conmigo escalarás; ebrias de gozo, de los planetas de la tierra hermanos el hálito vital aspiraremos, y, cruzando su atmósfera tranquila, el pie descansaremos breve instante, atraídas, aún más que por su masa, por el fuerte poder de su hermosura. Tu mirada sutil, si desparecen a mi soplo las brumas, ¡cuántos, cuántos verá surgir lumbrosos horizontes! ¿Qué vale el cielo, cuya ausencia lloras, manto azul que de estrellas salpicado formaba el techo de la tienda humana, en parangón con el que allí descubras, etéreo mar sin fondo ni riberas, donde flotan los soles a porfía, y en el que es nuestro globo un diminuto grano de opaca arena? En moldes nuevos vaciar debes tus obras inmortales; con hilos del telégrafo reemplaza las ya insonoras cuerdas del salterio. Canta la selección de aves y flores, que es un himno entonar a la belleza, copiosa fuente de vital progreso, fecunda ley que hasta el reptil acata. Comienza la epopeya del trabajo, que, a Dios alzando vaporoso incienso, las montañas enrasa con los valles, los cauces endereza tortuosos, y da a beber al arenal enjuto. Canta el hombre, luciérnaga rastrera que con el fuego de su mente alumbra, y a cumplir nace las arcanas leyes de mejorarse, mejorando el mundo. De la Ciencia los mártires ensalza; hora es de que sus cuerpos venerandos dejen las catacumbas del olvido. Canta la edad de piedra y la del hierro; las embrionarias nebulosas canta; canta el beso reciente de dos mares; de los espacios convertida en buzo, sondea sus prodigios; canta el verbo por haces luminosos transportado; la vida amamantándose en la muerte; del piélago y la luna los amores; el horrible tardío nacimiento del Pirene y del Alpe; los suspiros de lava incandescente; el nuevo coro que en su labor las máquinas entonan; la materia radiante que hace gala del nervioso poder del cuarto estado; los núcleos de infusorios tan temibles como un día los fieros mastodontes; canta el vapor que absorbe las distancias; el fonógrafo canta, que eterniza los ecos de amorosos juramentos; canta el sol que a los prismas espectrales ha confiado el secreto de su esencia; de los átomos canta el oleaje; y el progreso que lento peregrina, quizá influido en su triunfal carrera por las terreo-magnéticas corrientes, que palpitante brújula señala. En olvido no pongas a esos hombres herederos del don de los milagros, Edison y Graham-Bell; ni al Padre Secchi, que en el cielo vivió desde la tierra, y hoy en la tierra vive desde el cielo: a Nordenskj y a Livingstone no olvides, qué, sólo por mi amor, han recorrido del Polo Norte la cabeza cana y el virgen corazón de África ardiente.
Yo de ti necesito, amada mía, como la flor los plácidos colores para atraer la vaga mariposa, que, entre el polvillo de sus tenues alas, lleve a otra flor el polen fecundante. Tú endulzarás mis horas de amargura, cual del pueblo de Dios el cautiverio; tú cubrirás mi desnudez austera con tus leves cendales, que embellecen, mal velando, los mórbidos contornos; alados nacerán mis pensamientos; encenderás la ardiente fantasía, telescopio del sabio en cuyas sienes pondrás el lauro que tus manos tejan, envuelto en los fulgores de tu nimbo, ascenderá a la cumbre de la gloria. Ya la Industria y el Arte se enlazaron, presto sigamos tan fecundo ejemplo: yo seré la materia, tú el espíritu; o el fuego, tú la luz que de él emana; yo el análisis frío, tú la síntesis que con las flores bellas forma el ramo; yo la roca, tú el águila que afirma la planta en ella al remontarse al cielo; yo la raíz y el tronco, tú las ramas do posen las canoras avecillas. Tú serás la intuición, yo el raciocinio; tú la meta lejana, yo el atleta que al fin la alcanza a su fatiga en premio; tú la hipótesis, lampo fulguroso, yo el caminante que en oscura noche busca a su luz la suspirada senda. Cual dos abejas en vergel ameno, aunadas volaremos, con hartura libando sus dulzores virginales, para una miel labrar muy más sabrosa que la de Himeto, hasta a los Dioses grata. Los ídolos, por tierra derribados, que formaron tus juegos infantiles consérvalos en clásico museo pero no en el altar; no los invoques, y parcamente a su consejo acude; ¡a qué pedir belleza a la mentira si en campos de verdad brota espontánea! si esos mundos que miras rutilantes son granos de semilla, que contienen la balsámica flor de la hermosura, si el corneta fugaz, y el rayo inquieto, y el arco iris, y la láctea vía, renglones son del inmortal poema que, festejando la creación naciente, escribió Dios en el inmenso espacio, y que ya deletrear consigue el hombre
Calló la Ciencia; con intenso anhelo arrojose en sus brazos la Poesía, y, un ósculo al cambiarse cariñoso, la lira muda en la indolente mano, a sonar comenzó, cual arpa eolia del verde ramo de un laurel colgada.
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