Miserere de Andrés Bello

¡Piedad, piedad, Dios mío! ¡Que tu misericordia me socorra! Según la muchedumbre de tus clemencias, mis delitos borra.

De mis iniquidades lávame más y más; mi depravado corazón quede limpio de la horrorosa mancha del pecado.

Porque, Señor, conozco toda la fealdad de mi delito, y mi conciencia propia me acusa y contra mí levanta el grito.

Pequé contra Ti solo; a tu vista obré mal; para que brille tu justicia, y vencido, el que te juzgue tiemble y se arrodille.

Objeto de tus iras nací, de iniquidades mancillado, y en el materno seno cubrió mi ser la sombra del pecado.

En la verdad te gozas y para más rubor y más afrenta, tesoros me mostraste de oculta celestial sabiduría.

Pero con el hisopo me rociarán, y ni una mancha leve tendré ya; lavárasme, y quedaré más blanco que la nieve.

Sonarán tus acentos de consuelo y de paz en mis oídos, y celeste alegría conmoverá mis huesos.

Aparta, pues, aparta tu faz, ¡oh, Dios!, de mi maldad horrenda rastro de culpa por tu enojo encienda.

En mis entrañas cría un corazón que con ardiente afecto te busque; un alma pura, enamorada de lo justo y recto.

De tu dulce presencia, en que al lloroso pecador recibes, no me arrojes airado ni de tu santa inspiración me prives.

Restáurame en tu gracia, que es del alma salud, vida y contento; y al débil pecho infunde de un ánimo real el noble aliento: haré que el hombre injusto de su razón conozca el extravío; le mostraré tu senda, y a tu ley santa volverá al impío.

Mas líbrame de sangre, ¡mi Dios, mi Salvador! ¡Inmensa fuente de piedad! Y mi lengua loará tu justicia eternamente.

Desatarás mis labios, si santo un pecador que llora alcanza, y gozosa a las gentes anunciará mi lengua tu alabanza.

Que si víctima fueran gratas a Ti, las inmolará luego; pero no es sacrificio que te deleita el que consume el fuego.

Un corazón doliente es la expiación que a tu justicia agrada: la víctima que aceptas es un alma contrita y humillada.

Vuelve a Sión tu benigno rostro primero y tu piedad amante y sus muros humilde Jerusalén, Señor, al fin levante.

Y de puras ofrendas se colmarán tus aras y propicio recibirás un día el grande inmaculado sacrificio.

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