VIAJE AL TERRUÑO de Ramón López Velarde

A Enrique Fernández Ledesma.

INVITACIÓN

De tu magnífico traje recogeré la basquiña cuando te llegues, o niña, al estribo del carruaje. Esperando para el viaje la tarde tiene desmayos y de sus últimos rayos la luz mortecina ondea en la lujosa librea de los corteses lacayos.

No temas: por los senderos polvosos y desolados, te velarán mis cuidados, galantes palafreneros. Y cuando con mil luceros en opulento derroche se venga encima la noche, obsequiará tus oídos con sus monótonos ruidos La serenata del coche.

EN CAMINO

Al fin te ve mi fortuna ir, a mi abrigo amoroso, al buen terruño oloroso en que se meció tu cuna. Los fulgores de la luna, desteñidos oropeles, se cuajan en tus broqueles y van por la senda larga, orgullosos de su carga, los incansables corceles.

De la noche en el arcano llega al éxtasis la mente si beso devotamente los pétalos de tu mano. En la blancura del llano una fantasía rara las lagunas comparara, azuladas y tranquilas, con tus azules pupilas en la nieve de tu cara.

La aurora su lumbre viva manda al cárdeno celaje y al empolvado carruaje un rayo de luz furtiva. Surge la ciudad nativa: en sus lindes, un bohío parece ver que del río el cristal rompen las ruedas, y entre mudas alamedas se recata el caserío.

Como níveo relicario que ocultan los naranjales, del coche por los cristales ¿no distingues el Santuario? Del esbelto campanario salen y rayan los cielos las palomas con sus vuelos, cual si las torres, mi vida, te dieran la bienvenida agitando sus pañuelos.

LLEGADA

Por las tapias la verdura del jazmín cuelga a la calle, y respira todo el valle melancólica ternura. Aromarán la frescura de tus carrillos sedeños los jardines lugareños, y en las azules mañanas llegarán a tus ventanas, en enjambre, los ensueños.

Escucharás, amor mío, girando en eterna danza la interminable romanza de las hojas… Y en el frío mes de diciembre sombrío, en el patriarcal sosiego del hogar, mi dulce ruego ha de loar tu belleza cabe la muda tristeza del caserón solariego.

Esparcirán sus olores las pudibundas violetas y habrá sobre tus macetas las mismas humildes flores: la misma charla de amores que su diálogo desgrana en la discreta ventana, y siempre llamando a misa el bronce, loco de risa, de la traviesa campana.

A tus plácidos hogares irán las venturas viejas como vienen las abejas a buscar los colmenares. Y mi cariño en tus lares verás cómo se acurruca libre de pompa caduca, al estrecharte mi abrazo en el materno regazo de la aromosa tierruca.

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